Roberto Tamayo
Cuando entra en escena la primavera comienzan los toques a rebato. Es época de urgencias, tensión y nervios. Un resultado cambia la calificación final en el boletín de notas. Parece que lo sembrado está marchito. Pero nunca hay que obviar los antecedentes. En cualquier organización, el resultado marca la frontera entre el éxito o el fracaso. Los gerifaltes de las instituciones deportivas de tronío solo admiten el trofeo como símbolo de objetivo conseguido. No obstante, el cómo alcanzar el triunfo también debería resultar un elemento destacable porque en el camino de la victoria se cuelan numerosos dimes y diretes que desgastan a los actores principales e influyen en el resultado. El Madrid se juega esta noche un pedacito de su temporada en 40 minutos. Solo vale ganar. Tan simple y tan complejo a la vez. Considero preocupante que los jugadores blancos parecen haberse sumido en un estado permanente de insatisfacción. Su expresión corporal está avinagrada a pesar de que acumulan una media de notable en el primer cuatrimestre.
Cualquier aficionado, jugador, entrenador o directivo madridista hubiera firmado en agosto alcanzar el escenario actual. Exceptuando el severo revolcón de la Copa del Rey, el equipo merengue ha logrado la siempre deseada (y difícil) simbiosis entre ganar y el estilo. Pablo Laso plantea los partidos con la misma alegría táctica ante el último clasificado de la Liga Endesa que contra los rivales punteros de la Euroliga. Y durante seis meses ha recibido una retahíla de parabienes.
El Madrid es una institución que tiene una repercusión mediática pantagruélica. Esto puede resultar perjudicial en determinadas situaciones. Los triunfos se magnifican, lo que afecta de forma negativa a las rachas menos esplendorosas. Cuando un jugador se acostumbra a las victorias adquiere una serie de automatismos y corre el peligro de no valorar cómo se consiguen los triunfos. El Madrid acumula unas semanas de negrura tanto en su juego como en los resultados.
La principal virtud del conjunto blanco era que todos los jugadores tenían su 'momento de gloria' durante los encuentros. Actuaban de forma altruista y sonreían. Pero esas caras se han encabritado y el lucimiento personal parece imponerse. En las derrotas, la cifra de asistencias se resiente de forma drástica. Incluso cuando ganan de 20 en el tercer cuarto (contra Cajasol) transmitían una sensación de cierta amargura. El talento nunca se pierde, pero la falta de confianza e implicación pueden matar a cualquier violinista. Perder un partido contra cualquiera de los cinco mejores equipos del continente entra dentro de los cánones de la normalidad en el deporte de elite. Lo que no es admisible, sin embargo, es priorizar el yo al nosotros porque eso repercute en una imagen de insolencia.
El Madrid necesita ganar hoy al Efes por dos motivos: para recuperar la confianza en la capacidad del equipo y para afrontar con esperanza su futuro inmediato en Europa.

La recta final se hace eterna, por ser recta y desdibujarse la meta, y parece que el tiempo se desajusta con respecto a su ritmo habitual.
ResponderEliminarEn el baloncesto el yo ocupa un importante lugar, ya que las estadísticas son individuales, y el valor de un jugador va pegado a ellas. Sin embargo es un juego de equipo, ganamos o perdemos todos. Compaginar el yo con el nosotros es una ardua tarea que solo consiguen LOS MEJORES. ¿Será el Real Madrid? Lo veremos.