Roberto Tamayo
Uno de los mayores temores de un deportista es sufrir una grave lesión que paralice su carrera. Pero al dolor físico se le une, de inmediato, un serial de dudas sobre su recuperación. Demasiadas horas libres dándole vueltas y más vueltas al infortunio. La rotura de ligamentos cruzados de la rodilla aparece como el enemigo número uno de los jugadores. Ese tortuoso proceso es el que está a punto de finalizar Ricky Rubio, que ya acumula ocho meses apartado de las canchas. Tras una presentación a medio acabar el curso pasado, el base español afronta el mayor reto de su carrera: recuperar el nivel estelar al que estaba compitiendo hasta la lesión con el añadido de que la competencia interna es mayor.
Doble reto
Las bajas de Ricky y Kevin Love presagiaban un otoño duro para Minnesota. Pero Rick Adelman, excelente gestor de grupos, ha ensamblado una plantilla de peones que ha sepultado las reticencias de la opinión pública. La fuerza del colectivo es el principal activo de un equipo del que ningún jugador presenta unas estadísticas cum laude.
Cuando la rodilla de Ricky pasó por quirófano, el catalán había alcanzado un status notable tanto en Minnesota como en el universo NBA. Ahora se enfrenta al desafío de igualar o mejorar aquellos meses con un doble handicap: ha sufrido una lesión grave y tiene más competencia en una plantilla que está protagonizando una puesta en escena tan brillante como inesperada. Las buenas sensaciones del curso pasado se están confirmando en esta temporada, lo que sitúa a Minnesota en la obligación de afrontar otra salto de madurez y meterse en playoffs. El año pasado la diversión primaba sobre la exigencia de resultados. Pero la evolución natural de este equipo le sitúa en un peldaño superior.Y esto supone una dosis extra de presión.
La competencia de Ricky
A sus ya compañeros Ridnour y Barea, se han sumado Shved y Brandon Roy. Un total de cinco candidatos para dos puestos. A excepción de Ridnour, los cuatro restantes comparten una misma pasión: ser el jefe de operaciones en ataque, ya sea para anotar (Barea, Shved y Roy) o para asistir (Ricky). No debería extrañar ver al español con una cuota de minutos más reducida al menos durante su primer mes de competición, sobre todo si sus compañeros se las siguen gastando como hasta ahora.
La figura Alexey Shved, que salió corriendo de Moscú cuando se enteró de que Messina volvía a dirigir al CSKA, está creciendo noche tras noche. Ha pasado de perfecto desconocido en el ecosistema Timberwolves a jugar una media de 21 minutos. El jugador ruso ha encontrado en Adelman al pastor indicado para desplegar su descaro sin miramientos, tal y como hace un año hizo Ricky. Pero precisamente ese atrevimiento le arrastra a tomar decisiones de tiro precipitadas que se traducen en un 33% en tiros de campo y 19% en triples, si bien solo pierde 1,3 balones por partido. Parte siempre desde el banquillo pero disputa los minutos calientes con un rol protagonista. Hace tres noches, contra Dallas, se adueñó del balón en los últimos 4 minutos y liquidó al equipo tejano. Anoche anotó 11 puntos en el último cuarto, aunque no evitó la derrota. En su rápida adaptación ha debido influir su compatriota y excompañero en el CSKA Kirilenko, un viejo rockero NBA.
Roy y Barea aún tienen que coger temperatura, siempre y cuando sus cuerpos se lo permitan. En buenas condiciones físicas, algo que parece complicado en el caso de Roy, son dos artilleros de categoría que demandarán su ventana de protagonismo.
Ante semejante batería de compeñeros, Ricky tiene dos ventajas: es el base más director de la plantilla y su dimensión mediática le situará en una posición privilegiada en cuanto ofrezca alguna píldora de su talento.

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