miércoles, 31 de octubre de 2012

La encrucijada de Mike Brown

Roberto Tamayo




Estados Unidos, permanente foco de atención mediática, monopoliza la atención de millones de ciudadanos en una semana crítica para definir el devenir tanto del país norteamericano como del resto de Estados súbditos. Obama y Romney exprimen a sus colaboradores inmersos ya en la última semana electoral mientras el huracán Sandy ha golpeado la costa este y se ha convertido en el centro de la campaña, según los expertos. En medio de esta encrucijada ha comenzado la NBA con turbulencias en la costa oeste y un remanso de dicha. La puesta en escena de los renovados Lakers resultó tan decepcionante como su pretemporada. Unas horas antes, Miami, vigente campeón, había protagonizado una demostración de poder físico y táctico.



¿Adaptación o desorientación?


La primera toma del estreno angelino parecía cumplir con un guión idílico. Nash se plantó en la línea de tres, inauguró el marcador y enloqueció al público. La euforia apenas duró 20 minutos. Lakers, aspirante a recuperar el trono NBA, se desintegró ante unos limitados Dallas Mavericks, que se presentó sin su mandamás, Dirk Nowitzki. La primera derrota fue cortesía, entre otros facotres, de uno de los porcentajes de tiros libres más bochornosos de la historia: 12 de 31. Los Ángeles clausuró la pretemporada con un inusitado 0-8. No obstante, lo que en España supondría una crisis institucional que haría peligrar hasta el cargo del utillero, no pasa de ser un mero trámite en la NBA.


Durante años se ha demandado un base de primer orden para el equipo angelino. El glamour que acompaña a la segunda franquicia más oscarizada de la NBA provoca que sus derrotas manchen de tinta viperina incontables periódicos, webs y blogs. El sempiterno Derek Fisher ha sido un cumplidor en la pista y ha ejercido de hermano mayor en el vestuario a nivel moral. Pero siempre parecía que con un base de mayor enjundia, Lakers habría negociado con mayor acierto situaciones adversas. Y como en Los Ángeles todo se hace a lo grande, los dirigentes angelinos han paliado esa debilidad fichando a un jugador que ha dominado una liga atestada de talentos físicos superlativos desde la inteligencia. Steve Nash, que afronta su última o penúltima oportunidad de ser campeón, ha solucionado la vida de una legión de jugadores (y la de sus hijos) durante tres lustros. El problema que plantea su fichaje nos inserta en un debate espinoso: cómo encajará el base canadiense, acostumbrado a amasar el balón y a jugar a campo abierto, con la voracidad (y muchas veces egoísmo) de Kobe, la superestrella y capitán del equipo. Pero para eso existe un trabajador bien remunerado llamado Mike Brown que ostenta el cargo de entrenador. El curso pasado introdujo la atrevida apuesta de fiar su éxito a la inspiración de Kobe ... y el equipo disfrutó de más vacaciones de las previstas. Me niego a creer que Brown no sepa aprovechar el talento de Nash, que incluso se ha aseado la melena para su etapa en Hollywood, con la troika de violinistas que le rodean.

Poderío interior



Garbajosa contaba una anécdota en los Juegos de Londres que resume lo que debería ser el primer mandamiento de estos Lakers. "Tuve un entrenador que decía: Esto es un equipo de altos no? Pues pasémosles el balón". El conjunto angelino tiene el mejor dúo interior de la competeción, un año más. Howard y Gasol suman talento físico, táctico y técnico, experiencia, inteligencia, contundencia, intimidación y tiro exterior. Su principal activo es que se trata de perfiles tan distintos como complementarios. Pau dispondrá de más espacio para anotar tiros de media distancia y firmará su mejor curso en asistencias.

Los cuatro magníficos de estos Lakers recuerdan a los que se juntaron en la temporada 2003-2004: Payton, Kobe, Malone y Shaq. Un base dominante, un escolta anotador y dos interiores determinantes. Aquella campaña también arrancó con titubeos y logró acceder a una final que perdería con Detroit. La suerte, o desgracia, para los Lakers es que el calendario de la NBA no permite análisis profundos. Pero como el basket es un deporte de rachas, convendría que no demoraran en exceso su primera victoria.



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